Djokovic, el devorador de épocas: del primer aviso a Federer al último baile frente a Nadal
Novak Djokovic acaba de cerrar uno de los capítulos más memorables de la historia del tenis tras imponerse a Rafael Nadal en Riad. El balcánico, actual número cuatro del mundo, se adjudicó la tercera plaza del torneo saudí en un encuentro cargado de nostalgia que terminó con un marcador de 6-2 y 7-6(5). Fue, a todas luces, el último duelo de una rivalidad irrepetible. Sin embargo, para entender la verdadera magnitud de la carrera del serbio y su gen competitivo, resulta inevitable echar la vista atrás. Concretamente, a aquel primer destello de grandeza que mostró ante Roger Federer hace casi dos décadas. Dos momentos en el tiempo que encapsulan a la perfección la evolución de una leyenda.
El ocaso de una era sobre la pista
El reciente choque ante el manacorí no fue un simple trámite. Fiel a su estilo, Nadal fue de menos a más durante el partido, regalando esos fogonazos de pura épica a los que nos ha tenido malacostumbrados a lo largo de toda su carrera. Djokovic, por su parte, demostró desde el primer juego que no pensaba hacer concesiones. Consiguió un break tempranero que marcó de lleno el tono del primer parcial y, con otra rotura en la recta final de la manga, se apuntó el primer set sin excesivos sobresaltos ante un Rafa que todavía no lograba sentirse cómodo del todo.
Las tornas amenazaron con cambiar drásticamente en el segundo set. Vimos a un tenista español mucho más entonado, compitiendo de tú a tú y resistiéndose a entregar el partido. Ambos intercambiaron quiebres al inicio y al final del parcial. La tensión alcanzó su punto álgido cuando Djokovic servía con 5-4 para cerrar el encuentro. En ese instante crítico, Nadal sacó a relucir su incombustible garra para salvar dos bolas de partido, forzar el deuce y devolverle la rotura al serbio. Un esfuerzo titánico que desembocó en el inevitable tie break, donde la balanza terminó decantándose del lado de ‘Nole’. Un fallo del español tras un minibreak previo sentenció el definitivo 7-5 en el desempate.
La semilla de un talento indiscutible
Esa tenacidad inquebrantable, tan característica de los duelos en la cumbre del tenis mundial, no surgió de la noche a la mañana. Toda gran historia tiene una casilla de salida y, si nos remontamos a abril de 2006, encontraremos el germen de la histórica serie de 50 enfrentamientos entre Djokovic y Federer, la cual terminaría dominando el serbio con un balance de 27-23.
El escenario elegido por el destino fue el Masters 1000 de Montecarlo. Por aquel entonces, el suizo reinaba como número uno indiscutible del ranking. Llegaba al Principado en un estado de forma absolutamente arrollador, habiendo conquistado ya el Abierto de Australia, el torneo de Doha y el codiciado doblete estadounidense tras coronarse en Indian Wells y Miami. Al otro lado de la red le esperaba un descarado Novak de apenas 18 años. El joven, que ocupaba el puesto 67 de la clasificación general, venía de ganarse su plaza en la fase previa y aún no atesoraba ningún título en su palmarés.
Sobre el papel, los pronósticos anticipaban un partido cómodo para el helvético. La realidad sobre la arcilla, por el contrario, fue bien distinta. Federer se anotó el primer set por un plácido 6-3, pero Djokovic respondió con una contundencia inesperada para igualar el marcador con un 6-2, aprovechando una volea de derecha fallada por el suizo en el punto de set. Aunque el favorito terminó llevándose el parcial definitivo por 6-3, el desarrollo del partido duró una hora y 49 minutos, convirtiéndose en un auténtico aviso para navegantes. Aquel chico salvó hasta tres bolas de partido antes de caer derrotado.
Una declaración de intenciones
Semejante despliegue no pasó desapercibido para el rey del circuito. Tras el encuentro, el propio Federer reconoció sin tapujos las virtudes de su oponente, destacando su enorme solidez desde el fondo de la pista y pronosticando un evidente potencial de crecimiento. El aspirante serbio absorbió la derrota como una lección vital. Sabía que había jugado a un gran nivel y admitió ante la prensa que necesitaba acumular muchos más partidos de esa intensidad para aprender a medirse con la élite.
Esa capacidad de resistencia exhibida en Mónaco fue el presagio de lo que estaba por venir. Con el paso de los años, su habilidad para sobrevivir al límite se convertiría en su gran seña de identidad, cristalizando en momentos históricos como las bolas de campeonato salvadas ante el propio Federer en la final de Wimbledon 2019 o en las agónicas semifinales del US Open de 2010 y 2011.
Aquel choque primaveral de 2006 fue solo el prólogo de una era. Federer ganaría sus siguientes tres duelos, pero Novak lograría finalmente su primera gran victoria frente a él en la final de Montreal de 2007. Las paradojas del deporte quisieron que el suizo nunca lograra levantar el trofeo en Montecarlo pese a disputar cuatro finales, mientras que aquel adolescente atrevido acabaría coronándose campeón del torneo monegasco en dos ocasiones. Un viaje fascinante desde aquel primer pulso contra la historia hasta este último y emotivo abrazo en la red junto a Rafael Nadal.