El pulso de la parrilla: la defensa de Russell y la amenaza fantasma de Verstappen
A pesar de tener que aparcar el coche antes de tiempo, George Russell se bajó del monoplaza en Canadá con ganas de guerra. Su abandono por un fallo en la unidad de potencia en la vuelta 30 fue un jarro de agua fría en su lucha por la victoria contra su compañero de equipo y rival por el campeonato, Kimi Antonelli. Sin embargo, el británico no se salió ni un milímetro del guion corporativo al alabar el impacto de la controvertida nueva normativa técnica de la Fórmula 1. Tras perder terreno desde la pole en la salida, le metió el coche a Antonelli en la última chicane de la vuelta cinco, rozando el desastre tras una fuerte bloqueada del italiano tratando de defenderse. Desde ese momento y hasta su avería, los dos Mercedes se persiguieron sin tregua intercambiando posiciones y levantando a la grada de sus asientos. «Me ha encantado, ha sido brutal», soltó ante los micrófonos de medios como Autosport. Hacía años que no vivía una batalla igual, atreviéndose a compararla con el mítico duelo entre Lewis Hamilton y Nico Rosberg en Bahréin 2014. Para Russell, son estos nuevos monoplazas y motores los que posibilitan este espectáculo, preguntándose en voz alta por qué demonios alguien querría cambiarlos tras lo visto en Melbourne, China y Montreal.
Claro que esta comparación hay que cogerla con pinzas. Gran parte de esos adelantamientos de principios de temporada que el inglés defiende a capa y espada eran fruto del denostado efecto yo-yo, dictado pura y exclusivamente por coches rodando con niveles de carga eléctrica totalmente dispares. Aquel duelo titánico de 2014 en Bahréin fue un carrerón, sí, pero la calidad del espectáculo se debió a la enorme disparidad en las estrategias de neumáticos sobre un asfalto muy abrasivo y caluroso, no al rendimiento de los propulsores.
Aun así, hay un paralelismo innegable: tanto Canadá 2026 como Bahréin 2014 llegaron a principios de año envueltos en un cabreo generalizado por culpa de las reglas de motores. Si en 2014 el drama era el formato turbo híbrido de 1.6 litros y el nulo ruido de los motores —muy criticado por pesos pesados como Bernie Ecclestone o Luca di Montezemolo—, hoy el problema radica en el reparto de energía.
Lo de Canadá de este fin de semana, en el fondo, tuvo un poco de trampa. Hacía un frío que pelaba y calentar las gomas era un suplicio, lo que dejaba los coches tremendamente nerviosos. A esto hay que sumarle que el trazado Gilles Villeneuve es un circuito «pobre en energía»; la escasez de rectas largas y el alto número de curvas cortas no dejan casi margen para que los equipos inventen estrategias raras de recuperación y despliegue de batería. Básicamente, la propia pista maquilló los defectos del reglamento y evitó ese baile artificial de adelantamientos que tiene fritos a los pilotos y a buena parte de la afición. No es casualidad que Mercedes sea de las pocas escuderías que ha conseguido atar en corto a sus pilotos para que no rajen de las nuevas normas en público.
Pero fuera de la pista, la procesión va por dentro y los despachos echan humo negociando compromisos para el año que viene. La animadversión de Max Verstappen hacia este formato técnico es un secreto a voces en el paddock. El neerlandés ya ha dejado caer que las modificaciones propuestas para 2027 podrían convencerle de quedarse en la categoría en lugar de dar un portazo, aunque ahora parece que esa reforma pende de un hilo.
Se supone que entre los Grandes Premios de Miami y Canadá, la FIA amarró un «acuerdo de principios» con los equipos y fabricantes para alterar ese polémico balance de cara a 2027: subir 50 kilovatios la entrega del motor de combustión interna y restarle esa misma cantidad al motor eléctrico. Sobre el papel, pan comido. En la práctica, es un campo de minas con implicaciones técnicas y políticas salvajes que ha desvelado unas grietas enormes entre todas las partes involucradas. Falta ver si fabricantes como Audi y Ferrari están dispuestos a dejar de mirarse el ombligo por el bien común de la competición o si bloquearán los cambios, porque en este mundillo ya se sabe: hay acuerdos que son más «acuerdo» que otros.